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Espacios abiertos. De la noche al día en estepas, desiertos y barrancos

Espacios abiertos

En plena noche, en plena primavera, la atmósfera fresca, húmeda, y el silencio ambiental favorecen la propagación de los sonidos. El maullido del mochuelo, un grito largo y sostenido, acompaña al silbido metálico, rítmico del alcaraván. Entre uno y otro reclama un chotacabras pardo.

Otro mochuelo responde, con una nota diferente. Y aún otro más. En un momento diferentes. Y aún otro más. En un momento llega a haber hasta cinco de estas rapaces nocturnas maullando a la vez.

En el fondo de una vaguada, en los charcos de las lluvias primaverales, ronronean los sapos corredores.

Y en los campos de labor, oculta entre las cañas del cereal reción brotado, una codorniz silba su triple nota.

Estos pulsos corresponden a la parte audible de los ultrasonidos de un murciélago común, la señal de ecolocación con que estos mamíferos voladores detectan a sus presas en el aire.

Aún no ha amanecido, pero, por levante, el cielo empieza a clarear. En la hora fría que precede al alba, la calandria levanta el vuelo y rellena con su parioteo incesante la bóveda celestial. A la madrugadora calandria se le unen otras aves, como la terrera común, que silba desde un terrón en el suelo removido.

Al tiempo que las ovejas comienzan su larga jornada en busca de pastos, las ortegas vuelan desde los nidos hacia las orillas y charcas en busca de agua.

De todos los pájaros esteparios, las cogujadas, parientes de calandrias y terreras, son, quizá, las más comunes. O al menos las más bulliciosas. El graznido del cuervo da paso al canto de una de ellas, posada en un majado. Y al rechinar áspero y reseco del triguero, encaramado a un poste lindero.

Y a poco que la mañana temple, bajo un cielo luminoso y saturado de cantos, la perdiz roja lanza sus estrofas. Un macho reclama a lo lejos; otro le da la réplica y entona una demostración de todo su repertorio vocal: hace el canto mayor, da de pie, recibe y hace piñones.

En medio de tanto ir y venir, una bandada de sisones pasa rauda por encima.

Hace calor, Es mediodía y los insectos son protagonistas. Un murmullo de zumbidos y estridulaciones recubre la reseca vegetación a ras de suelo. Y, por encima, las voces, también resecas y chirriantes de las aves de matorral. Abundan las diferentes especies de curruca: la capirotada, la carrasqueña, la mosquitera y la mirlona.

En un seto, sobre un lindero, una colonia de gorrione morunos se prepara para la noche. Sigue el canto de un jilguero. En los alrededores de un cortijo balan las ovejas, encerradas a la caída de la tarde. Muge amenazador un toro. En los tejados silban los estorninos.

Oscurece en los pastizales que rodean al cortijo. Los toros bravos salen a la luna. No es más que un desafío sin consecuencias, pero la potencia del mugido es tal que parece que asistimos a una lucha de gigantes. La tensión disminuye, la amenaza se queda en poco más que un bramido contenido, y la serenidad vuelve a la noche. Y con ella, el estridular de los grillos, la voz de chotacabras, el ladrido del zorro, los maullidos de los mochuelos….

Espacios Naturales Protegidos Andaluces
Junta de Andalucía. Consejería de Medio Ambiente

Grabación, montaje y textos: Carlos de Hita | Sonidos suplementarios: Eloïsa Matheu | ilustraciones: Carmen López


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