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Costas. El sonido del mar

Costas

En el mar todo es movimiento. La quietud no existe. Tampoco el silencio. Al abrigo de un puertecillo en la costa desértica, el agua regolfa entre las rocas del espigón, chapalea contra las embarcaciones. Crujen las cuerdas de amarre en el momento de máxima lesión. Las jarcias golpetean contra los mástiles y nos llega el runrún del motor diésel de un barquito que se aleja por la bocana. Las gaviotas patiamarillas flotan, pescan, chapotean y se revuelven entre las sucias aguas en busca de comida.

En el mar, a veces, el movimiento es imponente. La brisa de levante se convierte en temporal. La brisa de levante se convierte en temporal. Mástiles y arboladuras vibran, silban, ululan, amplifican por muchas veces el aullido del viento.

En la costa abierta, acantilada, fuera de la protección del puerto, la situación es más dramática. Las olas se estrellan contra las rocas. El mar hierve y el estruendo del agua apenas permite que destaquen los gritos de las pardelas cenicientas.

Tras la tempestad llega la bonanza. El agua penetra en oquedades, rellena las charcas mareales, suena a hueco contra las paredes rocosas. A lo lejos, las gaviotas saludan a la calma.

Tres de olas baten la playa, como un bajo continuo en primera línea de costa. Es el mundo de las limícolas. Silba un ostrero.

En esta otra playa la arena es sustituida por guijarros, y el arrastre de las olas suena más cantarín. Pasa una bandada de correlimos comunes. Y llama un zarapito trinador, que rebusca alimento entre las charcas mareales.

En ocasiones, el mar penetra mucho más allá de la línea de costa. Especialmente en estuarios y bahías. Una colonia de pagazas, golondrinas de mar, se instala sobre una barra de arena. Un auténtico jolgorio en el que destacan las carcajadas ásperas de la rarisima gaviota picofina.

Un charrancito pelea sobre el nido y se aproxima, graznando, un grupo de pagazas piconegras.

Los gritos de los fumareles cariblancos, secos y ásperos, completan el repertorio de esta familia de aves de los estuarios.

En la bajamar, al fondo de un estero, las olas rompen muy lejos y su bramido no es más que un murmullo sordo, sobre el que destaca la melancólica nota de un zarapito común.

Espacios Naturales Protegidos Andaluces
Junta de Andalucía. Consejería de Medio Ambiente

Grabación, montaje y textos: Carlos de Hita | Sonidos suplementarios: Eloïsa Matheu | ilustraciones: Carmen López


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