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Ríos y riberas. Aguas abajo, desde el otoño hasta el verano

Rios y riberas

Todos los ríos comienzan en el mismo sitio, de las misma manera. Una tormenta desgarra el cielo; truenos y rayos estallan, restallan y retumban, ruedan ladera abajo y rebotan contra los paredones rocosos de las montañas, que amplifican una y cien veces su potencia. Descarga un aguacero y el primer hito de agua, apenas un regato, escurre entre las rocas.

Arriba, en el cielo de noviembre, los paredones rocosos devuelven el eco de los graznidos de las chovas piquirrojas. Abajo, en los pastizales alpinos, un rebaño de cabras montesas sestea. Dos machos luchan a testarazos, y los chivos balan. Algo inquieta a una cabra, vigilante, que emite un característico silbido de alarma. Inmediatamente, todo el rebaño emprende la huida ladera abajo, por una pradera.

La lluvia se convierte en nieve, acumulada sobre las copas de los pinos de montaña. Cuando las ramas no pueden más, grandes masas se desploman contra el suelo con gran estrépito. Cientos de kilos de nieve convierten el suelo del bosque en un gigantesco tambor.

Poco a poco, el arroyo se hace un río joven, alegre y dinámico. En el curso alto, audible claramente el sonido del agua, las orillas acogen al zorzal charlo.

En el fondo de un cañón fluvial, una profunda hoz, el río se detiene en un embalse y el agua enmudece. Al principio, sólo las badadas de grajillas rellenan con su parloteo el ambiente. Es el mundo del buitre leonado. Uno de ellos pasa a pocos metros por encima de nuestras cabezas.

En una repisa canta un roquero solitario. Un graznido áspero, agónico, corresponde a un buitre leonado que disputa con otros congéneres por una repisa donde pasar la noche.

La oscuridad llega. Los búhos reales entran en escena. Un macho, el de voz más grave, y su hembra, algo más lastimera, se cortejan, al empezar su jornada, en los entreluces del crepúsculo.

El viaje aguas abajo sigue y entramos en el curso medio. Aún dura la noche cerrada y oímos los graznidos ásperos de las garzas reales, habitantes de los sotos de ribera.

Pasa el río, pasan las semanas y llega la buena estación. Con la primavera temprana las noches se llenan de música. Es la hora del ruiseñor, pero poco a poco el concierto nocturno recibe nuevos intérpretes al silbido monótono del autillo; los grillos y anfibios especialmente el sapo partero, burdo imitador del autillo. Al tiempo, el ganado ya está en el monte y pace en las riberas frescas y las fresnedas.

Oímos la llamada imperativa del ruiseñor bastardo, oculto en la enmarañada vegetación de la orilla. Ya es de día y otra mañana, ésta de voces, rebulle entre las zarzas y espinos a ras de la corriente. Donde la vista no sirve para mucho, el oído nos da toda la información: ruiseñor común, zarceros, currucas capirotadas, carrizas, y el mismo ruiseñor bastardo, que cierra este enmarañado paréntesis.

En las arboledas de ribera, suena la voz melodiosa de las oropéndolas. Un verdecillo lanza sus estrofas apresuradas y en lo más alto, suspendidas en el cielo, las totovias, alondras de bosque , silban su melodía.

Pito relincho llaman al pito verde, o real. Los dos primeros nombres describen bien a estos pájaros carpinteros de las fresnadas y arboledas abiertas. Por encima, una bandada de abejarucos.

Pequeño pero potente. Ocho gramos de pájaro y una voz aguda y trémola que se propaga hasta a un kilómetro de distancia: canta una carriza.

Lejos, el trompeteo nasal de la gallineta, y el croar de las ranas convocan al crepúsculo. Un mirlo acuático pasa de largo sobre la lámina de agua.

El río ya es grande, de varias decenas de metros de ancho y se acerca a la desembocadura. En la espesura canta un zarcero. Y las golondrinas son legión sobre la lámina de agua. La atmósfera sonora es abierta, predomina la sensación de lejanía. Las distancias son tan grandes que a algunos el río les parece el mar. Una bandada de cormoranes grandes, aves marinas negras ha remontado la corriente desde el estuario para instalar su dormidero en una chopera.

El río gana en caudal lo que pierde en velocidad. En las llanuras aluviales describe amplios meandros, con orillas fangosas ceñidas por infranqueables barreras de carrizos, juncos y tarayes. Soportes poco estables pero, aún así, elegidos por las garzas para instalar sus colonias de cría: los gorgoteos corresponden a las garcillas cangrejeras, los gritos quedos y los gruñidos, a las garcillas bueyeras; el piar continuo, agudo, a los pollos hambrientos de unas y otras. Y cuando levantan el vuelo, todas las unísono, forman un tumulto, un auténtico pandemonium que desmiente la idea de la naturaleza como idílico remanso de paz.

Al igual que tras la tempestad, tras las garcillas también vuelve la calma. Las lavanderas blancas se asocian para formar dormideros. Y, poco después, una piara de jabalíes hace acta de presencia, hozando y regruñendo entre la hojarasca y el fango. El rebudio es este sonido de alarma que provoca una estampida generalizada, asustados, quizá, por los ladridos de un zorro que se encuentra en la orilla.

Espacios Naturales Protegidos Andaluces
Junta de Andalucía. Consejería de Medio Ambiente

Grabación, montaje y textos: Carlos de Hita | Sonidos suplementarios: Eloïsa Matheu | ilustraciones: Carmen López


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